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Fecha:
24/02/2006
Si a los precandidatos para la Presidencia
de la República se les
pregunta cómo van a resolver los
problemas que heredarán de los gobiernos
de Lucio Gutiérrez y Alfredo Palacio,
la respuesta es un conjunto de
generalidades sonoras.
Ninguno querrá admitir que se verá
obligado a subir los precios de los
combustibles y de los servicios que ofrece
el Estado, para tapar el agujero
fiscal que podría llegar a los $1
000 millones. Tampoco querrá imaginar
que
en esa herencia podría estar la "papa
caliente" de la Oxy, si este Gobierno
alarga el cuento hasta diciembre; o la renegociación
de contratos petroleros
que, en boca de Palacio, sonaron a amenaza
de bravucón de barrio, por
aquello de que en la plazuela valen más
los desplantes; o la firma del
resbaladizo TLC.
Ningún
precandidato quiere ver, en serio, las dificultades
que tendrá
al disponerse a manejar el Presupuesto General
del Estado, y los
violentísimos reclamos provinciales,
que hacen una ecuación establecida
por
los ofrecimientos que los gobernantes han
realizado para salir del paso y
encargar el muerto al que vendrá.
Más bien, cada precandidato asume
que nadie -a excepción de él-
es el
indicado o la indicada para desatollar al
país. Cuando se raspa un poco en
esto que parece una "iluminación"
subjetiva, no se encuentran argumentos
convincentes a, por ejemplo, cómo,
en un caso, va a librarse de la poderosa
influencia de los jerarcas de su partido;
en otro, tampoco satisfacen las
respuestas para saber de qué manera
va a lidiar con el equilibrio de fuerzas
de lo que se llama la "tendencia",
ni siquiera cómo esa tendencia va
a
consolidar su candidatura; en otro, resultan
indigeribles sus promesas de
resolver las cosas matando la dolarización,
haciendo economía sin los
"contadores", a fuerza de dignidad
e ideología antiimperialista; en
aquel de
allá, ya aburre el consabido discurso
que dice, sin decir: debo ser elegido
porque soy el hombre más adinerado
del Ecuador y puedo repartir viviendas;
en ese de acullá, pretender la elección
únicamente por haber sido ministro
de tal o cual gobernante, o porque "yo
sí" le voy a parar el carro
al dueño
del país... En fin.
Con
todos esos actores, el proceso electoral
será un juego de espejos,
una vez más. Un juego alegre, o un
juego de sangre, pero juego. Es que en la
base están inamovibles unas normas
electorales convenientemente defendidas
por mayorías parlamentarias que son
sus beneficiarias. De modo que, el 15 de
enero de 2007, con toda seguridad, daremos
la bienvenida a un nuevo mandatario, o mandataria,
le desearemos éxito y viento en popa
y, una vez más, nos haremos la ilusión
de que todo va a cambiar, aun cuando más
temprano que tarde constataremos que nuevamente
no habrá mayoría
parlamentaria aliada del Ejecutivo, que
se reeditará la pugna de poderes,
que las grandes decisiones nacionales continuarán
tomándose en los
aduladeros de los dueños de los partidos
políticos, que la economía
no
cambiará su vocación de servir
a la acumulación de riqueza en una
élite
insaciable, que será imposible construir
una política social profunda desde
el Estado, que el populismo -en cualquiera
de sus versiones- nos habrá
vuelto a poner una zancadilla, que el mundo
no para de dar vueltas para que
todo siga igual. Punto aparte.
Tras
el punto aparte, hago una pausa. Tomo conciencia
del pesimismo
que exuda lo que escribo. Intento concluir
esta nota con alguna idea que
contraste, que ofrezca algo de optimismo
en el futuro de la llamada "clase"
política del país, pero no
la encuentro, quizá porque es más
cómodo ser así,
por aquello de que siempre lo peor es cierto.
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